24 de agosto de 2013

JAPÓN: LA SONRISA DEL SOL NACIENTE. Parte 1: Kyoto y Nara


     Japón tiene muchos mitos. Unos antiguos como muchas de sus costumbres, otros tan modernos como la tecnología que exporta desde la tercera revolución industrial. Si me tengo que quedar con uno, me quedo con esa mezcla de educación, cortesía y urbanidad de sus habitantes. No es una amabilidad de cercanía, de distancias cortas y relaciones ágiles que tanto prodigamos en los países latinos. Es una permanente preocupación por los modales y el servicio. Por el no quejarse por casi nada ni molestar al ser vivo más cercano. Si hay que ayudar, se ayuda. Hasta el extremo de perder valiosos minutos de ese tiempo que no existe en las grandes urbes, por solucionar problemas a desconocidos cuando la barrera del idioma no da más de sí.
     El mayor valor de Japón, son los japoneses.

     La Turkish Airlines es una buena elección para viajar a Japón y te da la oportunidad de pasar una noche en Estambúl aprovechando la escala. Lo pensamos demasiado tarde y dejamos pasar la oportunidad.
     Aterrizar en un aeropuerto de Japón, no es aterrizar en un aeropuerto de Estados Unidos. Los gritos, órdenes, empujones y caos del oeste son la delicadeza, organización y trato exquisito del este. En menos de veinte minutos salimos del avión, pasamos el control de pasaportes, foto, recogida de maletas y tomamos tren para Kyoto (hora y media/unos 24 euros).
     Los taxis de Kyoto te llevan a cualquier lugar que esté a menos de 2 km por 690 yenes (algo más de 5 euros). No abrir puertas, no cerrar puertas. Todo es automático. El que nos llevó al hotel nos mostró las primeras imágenes de un Japón que engancha fácil. Una nota: en Japón no se atan las bicicletas. En Japón la gente no roba. En Japón se respeta al vecino. En Japón el engaño, los ventajistas, no tienen reconocimiento social.
     Una buen sitio para alojarse es el Royal Park Hotel The Kyoto, en Sanjo Dori. Sus alrededores tienen lugares interesantes y gente interesante. Cerca, bajo uno de los puentes que cruzan el Kamogawa, muchos nativos se juntan con no pocos foráneos y allí la gente bebe, rasguea guitarras, huye del calor y, muy de vez en cuando, se pelea.
     Salir a las calles de Kyoto en agosto es como introducir la cabeza en un horno a trescientos grados mientras por algún orificio libre del cuerpo te conectan un géiser en erupción. El ambiente, literalmente, quema. Incluso a las diez de la noche. “El aire está más húmedo que nunca. Me suda la nuca, me suda la cara. Me seco la nuca. Me seco la cara.” (David Peace en “Tokio Año Cero”. Una novela que no hay que dejar de leer)
     Una discusión entre dos amigos terminó en pelea sin golpes. Agarrones, malas llaves de judo y algún empujón llevó a los dos chicos al suelo. Mientras otro los separaba, una amiga llamaba a la policía. Vinieron agentes como si se hubiera cometido un crimen. Uno de los implicados, perdió la compostura. Ver a un japonés irritado no tiene precio.
     Paseamos por Pontocho y Kiyamachi-dori, zona de ocio. Zona donde la gente de la ciudad se relaciona, bebe, cena y para ello se pone sus mejores galas. Son dos calles que discurren paralelas al río. Pontocho tiene bares y restaurantes por encima de la media de precios y, supongo, de calidad. No entramos en ninguno. Kiyamachi-dori es más populachera. Más pantalón corto, más minifalda, más colonia barata. Nos paramos frente a un cartel que anuncia platos a buen precio. Una chica se asoma por una ventana empañada de humo de plancha. Una sonrisa y un gesto de “hey, entrad, aquí está lo que buscáis”. Entramos. Es un antro dirigido por una pareja que regala simpatía. El chico maneja la plancha delante nuestro mientras bebemos una jarra de cerveza helada. Corta, trincha, rasca grasa, da vueltas y más vueltas. Todo en una superficie tan impoluta como las calles de Kyoto.
     La arquitectura de la parte antigua de Kyoto es piedra, es madera, es agua y es papel wasi, un papel que se puede ver en todo Japón. Igual que el resto de elementos anteriores. Los japoneses no iluminan sus vidas ni sus calles ni sus casas para deslumbrar. Lo hacen con esa sutileza que regala la posibilidad de adivinar las sombras escondidas tras las luces. De mostrar sin enseñar. Pasear por la noche por cualquier calle del Japón tradicional es aguzar la sensibilidad y despertar sentidos hasta entonces dormidos.
     No somos de museos, no somos de templos ni de iglesias, no somos de ese sightseeing tradicional. Somos más de mercados, de barrios populares para callejear y de bares de trabajadores. Aun así, hay lugares donde todo el mundo va, imposibles de ignorar.
     Se puede elegir el mercado de Nishiki, en pleno centro de la ciudad, como estimulante matinal y hacedor de huellas difíciles de borrar. Allí, como el resto de los días que estemos en Japón, nunca dejaremos de oír la palabra Irasshaimase!!! un ¡bienvenido! entonado, más bien cantado, que se pega como una canción de verano. En el mercado se puede almorzar, hacer la compra de la semana o ver extraños ejemplares de pescado escondidos entre el hielo.
     Un paseo que nadie se puede perder en Kyoto es el que discurre por el sur de Higashiyama, a pesar de ser la zona más frecuentada por los turistas. Templos, parques, casas tradicionales y calles, incluso, más pulcras que el resto de la ciudad.
     En las calles de Kyoto, y en general de todo Japón, la limpieza es obsesiva. Caminar por Kyoto no es caminar por una gran ciudad, es pasear por el salón de una casa cuidada con esmero y dedicación. Los japoneses utilizan la manguera a presión para sacar la última gota de polvo del último recoveco. Los japoneses limpian cada rincón de su espacio, cada rendija, cada baldosa. Todo está pulido hasta conseguir un lustre que permita comer en el mismo suelo.
     Los chicos de la guía de Lonely Planet, esos que viven de las comisiones de las grandes cadenas hoteleras y buenos restaurantes, recomiendan Higashioji-dori para comenzar el recorrido del sur de Higashiyama. Yo lo recomendaría porque justo en esa calle hay un buen mercadillo de cerámica japonesa a buenos precios. Es de esos lugares donde algunos venden lo que hacen con sus propias manos y otros venden lo que ya no les sirve. El lugar ideal antes de subir las calles y bajar las escaleras del distrito que nosotros terminamos en Shijo-dori, para enlazar con el distrito de Gion.
     Gion tiene buenos restaurantes, buenos salones de té y te puedes encontrar un par de geishas bajando de un taxi y entrando a un local de lujo en una calle de lujo. Fue en Shimbashi. Todo lo vimos desde esa distancia que permite observar sin ser visto.
     Antes de bajar al puente del Kamogawa con nuestras cervezas, cenamos en un restaurante con unos camareros y un público, uno, interesantes de contemplar. El único cliente pidió la carta y se bebió el vaso de agua de cortesía que ofrece cualquier restaurante japonés. El tipo cambió varias veces de silla alrededor de la misma mesa, se levantó, se quedó unos interminables segundos observándonos. Mirándonos directamente a la cara. Y se fue. No era oriental, era occidental. La misma camarera a la que tanto le extrañó la situación, fue la que luego se quedó como una estatua a nuestras espaldas preparada para una rápida atención. Al salir, pagamos con dos mil yenes (unos 16 euros). El camarero que hacía las veces de cajero, sacó una esponja antigua para humedecer la yema del dedo, contó con determinación los dos billetes, primero uno, luego otro, y nos dio el cambio. El restaurante lo bautizamos como “el de los Vencedores”. Como un lugar de reunión de los chicos del General McArthur al final de la Segunda Guerra Mundial. Los años de la ocupación.

     A la mañana siguiente la humedad es insoportable. El calor duele y es casi imposible caminar. Esperamos veinte minutos un autobús. Cerca del hotel. Tras una hora nos deja en el distrito de Arashiyama. Un puente, el Togetsu-kyo, protege de los turistas a tortugas, garzas, patos y un río casi seco. El paisaje que forman la verde vegetación y la bruma de un cielo cargado de bochorno dificultan hasta respirar. Elegimos el bosque de bambú que rodea el templo de Tenryu-ji. Una senda de un par de kilómetros de una escena imposible de encontrar en occidente. Los troncos de bambú se yerguen hacia el cielo hasta ocultarlo. Son longilíneos rascacielos verdes en busca de luz. Delgados y fuertes. El sendero es estrecho, baja y sube con decisión y los poros de la piel rezuman las últimas gotas de agua corporal. En mitad del camino nos encontramos un veterano japonés que vivió un par de años en Santo Domingo de la Calzada (Rioja). También estuvo en Zaragoza. Vende postales que pinta él mismo. Algunos se las encontrarán al abrir su buzón en unos días.
     En la zona de Arashiyama hay varios templos, parques y casas interesantes, además del bosque de bambú. Pero no nos interesaron tanto.
    Desde allí, otro trayecto de media hora con cambio de autobús, nos lleva hasta el Kinkaku-ji, el Templo Dorado. Uno de los lugares más visitados no solo de Kyoto, sino de todo Japón. Podemos dar fe de ello. El templo no sería nada sin el entorno que lo rodea. El entorno no sería nada sin el templo dorado. Todo parece que haya sido elegido al milímetro. La naturaleza y el trabajo del hombre, esta vez, han sido eficaces. La construcción, de madera, se levanta sobre un estanque. El reflejo en el agua es de un amarillo pajizo y se mezcla con las sombras de los árboles de la orilla y de isletas naturales. Todo es piedra, todo es agua, todo es madera. Todo es verde. Todo es oro. “Nos secamos la nuca, nos secamos la cara”.

     Nara está a menos de una hora de Kyoto. Activamos el Japan Rail Pass de siete días y el calor no remite. El calor se viene con nosotros o ya está en Nara. La ciudad no tiene un barrio de geishas o un Gion o una calle Pontocho. Nara, que fue la primera capital de Japón, tiene una interminable área donde terminan parques y empiezan bosques todos poblados de ciervos, de templos, de museos y de gente. Los ciervos, que ya no son ciervos porque viven como y con los humanos, han perdido cualquier signo de libertad. De dignidad. Comen en tu mano y roban lo que pueden. Se dejan tocar, manosear y saltan como un perrillo faldero en busca de galletas hechas especialmente para ellos. Como si del retrato social de una comunidad de personas se tratara, puedes encontrar grupos que viven en los templos menos visitados, que no entran en contacto con los visitantes, que prefieren la soledad. Que prefieren vivir como ellos han elegido. Son los menos, la minoría que existe en cualquier lugar.
     En los parques, en los bosques de Nara, hay muchos rincones para visitar. Pagodas y construcciones de madera, escaleras de piedra, senderos desiertos donde perderse. El Daibutsu-den, la mayor construcción de madera del mundo que un día se tragó uno de los mayores budas de bronce, es un sitio para perderse pero no en soledad. La entrada la protegen las estatuas de dos gigantescos guerreros tan reales como amenazantes. Un verde prado lleva hasta el pabellón, que a veces abre una enorme ventana superior para mostrar los ojos del Buda. Dentro, las dimensiones de la figura, de 16metros de alto y un peso en bronce de 437 toneladas y 130 en oro, sobrecoge.
Nara tiene galerías comerciales que son calles de la ciudad, al estilo de Kyoto. Techos abovedados y lámparas que recuerdan mejores tiempos pasados y un futuro complicado, pero prometedor. Como en el resto del mundo.

16 de julio de 2013

ON THE ROAD


       Último jueves de junio. Tres de la tarde. El calor no ahoga, pero aprieta. Salimos de Zaragoza. Suena Dion & The Belmonts en la carretera. Huele a asfalto, a llantas que se agotan. Vehículos rellenos de gente que van o vienen de vacaciones. Domínguez, desde el asiento de atrás, observa todo a través del humo de su bisonte. Nosotros dos, delante.
        Yo manejo.
        -¿Va cómodo? -le pregunto.
        Domínguez fuerza una mueca que intenta transmitir amabilidad. Pero no le sale.
        Lo miramos.
        Nos miramos.
        -¿Me lees? -pregunto.
        -Claro -oigo contestar.
        Domínguez nos mira de reojo.
        Pasamos por Calatayud. Un pitillo. Un descanso de la lectora.
        -¿Dónde vamos? -pregunto.
        -A Madrid. A presentar Estúpidos y Felices -oigo responder.
        Domínguez, ahora sí, se acerca a nuestros asientos y nos enfila a cada uno con un ojo.
        -No me gustan las presentaciones en sociedad, capullos -son sus primeras palabras tras una hora de viaje. Serán las últimas.
        Durante la hora y media siguiente no escucho nada más que la lectura de Estúpidos y Felices. Domínguez fuma y de vez en cuando da un trago a su petaca. Luego, un espasmo. Hace como que no, pero nosotros sabemos que le gusta.
        Al llegar a Guadalajara comienza un desfile de centros comerciales, naves industriales que ya no producen y colmenas residenciales que no se venden. Hago el último intento.
        -¿Contento de volver al Foro?
        Que te jodan, mascachapas. Le leo el pensamiento.
        Parece que el resto del mundo ha quedado en Madrid a la hora en que nosotros entramos. No hay lectura. Suena Burning.
        Llegamos al hotel. Una habitación doble. Domínguez piensa que Madrid es el mejor lugar para pasar la noche en vela. Aunque tampoco lo dice.
        En la Plaza Dos de Mayo, en Malasaña, hay bares, terrazas, puestos y mucha gente con ganas de vivir la vida bien vivida. Una cerveza y un reencuentro casual tras muchos años. Unas cervezas muy frías y un Dyc sin hielo.
        Muchos esfuerzos después conseguimos despegar a Domínguez de la silla y el vaso de whisky. Llegamos a librería Arrebato.
        Mónica, Lou y Luis llegan. Besos. Abrazos. Sonrisas sinceras. Luego llega Escu. Una enciclopedia curtida en la calle. En la puta calle. Más cervezas.      
        Llega la hora. Domínguez se deja querer por un rincón. Nadie lo ve. Ni a él ni a su petaca.
Yo comienzo a hablar y pienso en la gente que me escucha. Miro sus caras, sus poses. No los conozco, pero a los cinco minutos todos parece que llevemos allí media vida.
        La miro. Me mira. Nos miramos. Todo va bien.
        A Escu lo veo feliz.
        Luis y Lou salen a escena. A Luis le gusta el lenguaje. A Lou la Doña. Versionean Malagueña Salerosa de Chingón. Lou tiene una voz con la que podría hacer añicos un par de miles de copas de cristal. Luis un cuerpo pequeño donde parece imposible que quepan un corazón tan grande y un ingenio tan lúcido. Lou interpreta Caminando, Luis, La Razón de la Tristeza. Tres temas y dos músicos de lujo, para un público, también de lujo.


        Fotos, tragos de matequila y guitarras enfundadas. Malasaña espera.
        La calle huele a cerveza, a gente que espera lo mejor de la noche. Domínguez está en casa, pero se siente extranjero. No tiene cabida en este mundo. Anda a rebufo del grupo. Donde nadie lo ve. Un bar, unas copas. Conversaciones amables. Gente desconocida y muchas cosas que contar. Sin riesgo de aburrir. Como la música que se escucha por primera vez.
        Otro bar, más cervezas. Toni y Javier, La Frontera, son los primeros en cruzar el límite del bien y del mal.
        ¿Y la Vía Láctea?, pregunto. No es lo que era, me dicen. Vamos, digo.
        No es lo que era.
        Domínguez no está de acuerdo, pero decidimos evitar los bares y bebemos en casa de la hermana de un amigo. Casa Mónica.
        Las afinidades existen o no existen. Puedes convivir con personas con las que ni el paso del tiempo logra engancharte al vagón de su devoción. Con otras, únicamente son necesarios un par de gestos y una actitud para decidir que esos que hace unas horas eran gente desconocida, ya son amigos. Esta noche, en Madrid, hemos hecho buenos amigos.

        La Autovía de Andalucía lo es al principio de Castilla La Mancha. Algún molino de viento a los lados. Domínguez se agita en el asiento de atrás luchando contra sus fantasmas. Cual Quijote en un delirio. Hace seda a pierna suelta tras una noche en vela. Sois unos soplapavas, nos dijo cuando nos fuimos a dormir
        La Andalucía morisca ya no está separada del Norte por el Puerto de Despeñaperros. La modernidad y la seguridad han vuelto a este país y los clanes de bucaneros que lo habitan, aburrido y cargante. Suena Loco Lunático, de Luis Auserón.
        En Bailén enfilamos hacia la Alhambra y dejamos a diestra la mezquita de Córdoba.
        En Granada, a los pies del Albaicín, nos esperan Barrakus y Ana María. Esa clase de amigos que el tiempo, después de mucho pasar, todavía nos permite seguir descubriendo afinidades.
        Ginés, librero de Nueva Gala, combina simpatía andaluza y competencia germana. Entre unos cuantos fieles seguidores de la librería, del rugby y del rock'n'roll la reunión en la coqueta sala de presentaciones es nutrida. Barrakus, que se descubre haciendo la introducción, piensa de mí lo mismo que yo pienso de él. Afinidades conocidas.
        Tras la presentación, más bares. Uno de rugby con gente que habla de rugby. Un camarero con los modales de un caníbal. Cerveza y tapas. Un jugador con la pista perdida hace tiempo, Antonio. Domínguez odia el deporte.
        Poco después y pocas calles más allá, un bar de rock'n'roll. El blus (sin la e). Más gente desconocida unida por un riff de guitarra de mediados del siglo pasado. Suena, nos miramos, lo imitamos. Como si cada uno de nosotros fuera el mismísimo Johnny Burnette que sale por el stéreo. Ron y cola, suelas de zapatos que golpean el suelo y conversaciones sobre personas comunes. Isa, Javi y Jota, afinidades unidas por una música que nunca morirá.

        La mañana siguiente pesa. Domínguez huele muy mal. Son dos días de verano sin ducharse más los que arrastraba antes de salir. Café y tostadas para despedir a Barrakus. Domínguez nos mira con asco desde la mesa de al lado. Bebe un Dyc sin hielo.
        Buscamos la costa dirección Motril. Al llegar, giramos a nuestra izquierda. Subimos por el litoral almeriense, por una carretera salpicada de pueblos. Algunos están aprisionados entre un mar de plástico y el Mediterráneo. Tan estrechos que las calles no pueden huir. Ni sus vecinos de ellas. Suena Es Necesaria Una Navaja de Luis Auserón.
        El Ejido es un pueblo que no parece el típico pueblo de la geografía española. Casas muy bajas y un rascacielos que hace que parezcan todavía más bajas. Sus vecinos han llegado desde lugares muy diferentes. Hoy están de fiesta.
        En la Plaza Mayor hay una librería elegante y laureada. Una pareja, Matilde y Manuel, nos obsequian a la llegada con el mejor de los regalos: una conversación de cadencia sosegada e ininterrumpida. Son dos libreros que muestran un arma sencilla y contundente: la pasión por los libros. Llega Laura. Toñi nos dispara con su cámara. El local se va llenando poco a poco de parroquianos. Todos muestran sus sonrisas preferidas, como la mañana almeriense. Los momentos son de una cordialidad tan sincera que cuesta abandonarlos. Los diálogos no tienen fin, pero el tiempo apremia.

         Almería es una ciudad con una arquitectura setentera, con unos ciudadanos que mantienen la familiaridad de aquellos años. Como si el tiempo pasara más despacio y solo unos pocos tiraran de la soga de la transformación, pero el otro extremo estuviera todavía lejos. No existe tanta prisa como en el resto de la península, y es de agradecer. Si se conocieran sus entrañas y no solo su perfume, muchos miles la elegirían como su retiro dorado.
         En la Plaza Balneario San Miguel, Librería Zebras es un volcán en erupción. En pocos meses la lava ya alcanza a todo un barrio. Pronto, la ciudad entera estará contagiada por el calor y la energía de Belén y todo el equipo que la acompaña. Suena la BSO de Estúpidos y Felices, el público bebe matequila y nosotros, a ocho centenares de kilómetros de casa, nos sentimos como si ya estuviéramos en ella.
        Tras la presentación, diálogos en múltiples direcciones. Invitaciones para no volver: La Manga, Granada, Cabo de Gata y la propia Almería.
        On the road.
        Dominguez se acerca, donde los dos lo podamos ver con claridad. Suena Luis Auserón. 
      -Me habéis jodido cuatro días de mi puta vida, fantoches. Y pon rocanrol, capullo. Rocanrol con C de castizo.




6 de julio de 2013

¿DÓNDE COMPRAR ESTÚPIDOS Y FELICES (Y WACHA LOS GÜEROS)?

Tan estúpido es cambiar las cosas que funcionan, como no hacer nada por modificar el rumbo de las que no funcionan. El "no se venden libros" es un discurso del ámbito de las editoriales tan real como rendidos están los libreros ante la situación. Tener tu libro en una gran superficie, en una cadena de librerías que dedican su esfuerzo a vender best-sellers, implica morir de aburrimiento. Poner el punto y final, entregarlo al editor y esperar que vuelvan las musas, tiene tantas posibilidades de éxito como conseguir que un oso aplauda después de beberse una botella de vodka.
Hay que salir a la calle.
La calle son las trincheras. Nuestra casa y las librerías la retaguardia. Una vez que tenemos el material hay que utilizarlo. Salir al mundo real, recorrer pueblos y ciudades y mostrarlo a sus gentes. Hay que volver al chalaneo, a viajar para conocer y que te conozcan. Es la única posibilidad de que un libro anónimo no sea ignorado. Un día le hablarás de tu libro a cuatro personas. Otro a cuarenta. Otro a cuatrocientas. Todos se merecerán la mejor de tus sonrisas.
Os dejo una relación de pequeñas grandes librerías donde los libreros que las dirigen, todos auténticos profesionales del sector, os presentarán a los personajes de Estúpidos y Felices. Con Domínguez a la cabeza.

A través de internet:

www.todocolección.net

En México:

estaciondelsilencio@live.com

En España:

Álava:
Librería Anegón. San Antonio Kalea, 13. Vitoria-Gasteiz.
Elkar. San  Prudencio, 7. Vitoria-Gasteiz.

Almería:
Librería Sintagma: Plaza Mayor, 3. El Ejido.
Librería Zebras: Plaza Balneario San Miguel, 3. Almería.

Barcelona:
Librería Negra y Criminal: Carrer de La Sal, 5. Barcelona. 

Bizkaia:
Librería Cámara: Euskalduna 6 y 8. Bilbao. 
Librería Peru Urrutia: Aita Elorriaga Kalea, 21. Mungía.
Librería Arlekín: Ramón de Durañona Kalea, 6. Valle de Trápaga.
Librería Milos: Merindad de Uribe Kalea, 14. Barakaldo.
Librería San José: Elcano, 6. Barakaldo.
Librería Bolíbar: Mayor, 33. Las Arenas, Getxo.
Librería Temas: Pagazaurtundua, 3. Santurtzi.

Cantabria:
Librería Sancho Panza: Virgen del Campo, 22. Cabezón de la Sal.

Gipuzkoa:
Librería Ubiria: Easo Kalea, 15. Donostia.
Elkar: Fermín Calbetón, 21. Donostia.
Librería Iratzar: Foru Ibilbidea, 7. Azpeitia.

Granada:
Librería Nueva Gala: Almona San Juan de Dios, 15. Granada.

Huesca:
Librería Anónima: Cabestany, 19. Huesca.
Librería Masdelibros: Zaragoza, 23. Huesca.
Librería Santos Ochoa: Zaragoza, 12. Huesca.
Librería Castillón: Romero, 3. Barbastro.
Librería Ibor: General Ricardos, 25. Barbastro.

La Rioja:
Librería Cerezo: Los Portales, 23. Logroño.
Librería Quevedo: Avenida Portugal, 1. Logroño.
Librería Santos Ochoa: Gran Vía, 55. Logroño. 

Madrid:
Librería Arrebato: La Palma, 21 (Bº Malasaña). Madrid.

Navarra:
Librería Irrintzi: Estrella, 1. Estella.
Librería Clarín: Paseo de la Inmaculada, 40. Estella.
Librería Idatzi: Escuelas Pías, 15. Tafalla.
Librería Mazo: Avenida Zaragoza, 30. Tudela.

Soria:
Librería Piccolo: Santa María, 6. Soria.
Librería Santos Ochoa: Plaza El Rosel y San Blas, 3. Soria.

Teruel:
Librería Miguel Ibáñez: Pasaje La Muralla, s/n. Alcañiz.

Zaragoza:
Librería Libros del Rescate: Bretón, 14, local. Zaragoza.
Casa del Libro: San Miguel, 4.
Librería Central: Corona de Aragón, 40. Zaragoza.
Librería Antígona: Pedro Cerbuna, 25. Zaragoza.
Librería Taj Mahal: Juan Pablo Bonet, 16. Zaragoza.
Librería Ixena: Ortubía, 6-8. La Almunia.
Librería La Pantera Rossa: San Vicente de Paúl, 28. Zaragoza.
Librería Cálamo: Plaza San Francisco, 4 y 5. Zaragoza.
Librería París: Fernando El Católico, 24. Zaragoza.
Los Portadores de Sueños: Jerónimo Blancas, 4. Zaragoza.
Librería Siglo XXI: Celso Emilio Ferreiro, 12 (Bº Delicias). Zaragoza.
Librería Wodan: Ceuta, 2 (Bº San José). Zaragoza.
Asociación Vecinos Venecia: Granada, 43 (Bº Torrero). Zaragoza.
Bar La Topera: San José de Calasanz, 31 (Bº San José). Zaragoza.
 


 
 

   

 

  
    
 




24 de junio de 2013

GIRA DE ESTÚPIDOS Y FELICES

Domínguez y su banda se van de gira antes del verano. Tienen un fin de semana apretado pero seguro que lo pasan relindo lejos de este cierzo gruñón zaragozano. En todas las presentaciones habrá matequila. La bebida de la novela.

El jueves estarán en la Librería Arrebato de Madrid junto a Luis Auserón y Lou Garx que interpretarán algún tema de la Banda Sonora. A las 20:00.


El viernes, a la misma hora, en la librería Nueva Gala de Granada.


El viernes, doblete en Almería. Por la mañana, a las 12:30, en librería Sintagma de El Ejido y por la tarde, a las 19:30 en librería Zebras de Almería.

Volveremos.




30 de mayo de 2013

PRÓXIMAS PRESENTACIONES Y ENTREVISTA EN EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

Domínguez y su gente tienen un mes de Junio apretado.

Ya estuvieron el viernes 24 de mayo en la Librería Cámara de Bilbao, acompañados por Javier Abasolo y unos cuantos amigos.

El jueves 6 de junio estarán en la Biblioteca Pública de Estella. Será a las 19:30.

El viernes 7 de junio en La Topera (San José de Calasanz, 31, Zaragoza). Presentará José Luis Allué.

 El sábado 8 de junio, de 18:00 a 21:00 firmaré en la caseta de la Asociación Aragonesa de Escritores de la Plaza Aragón. El que pase, podrá saborear el inigualable Matequila.

El miércoles 12 de junio en la Biblioteca Pública de Lérida. Me acompañará Cándido Canales, alguien que pasó una gran parte de su vida en el internado del Sanfer. Como Domínguez.

El viernes 14 de junio, concierto de Cuti, Jorge Reverendo y Guille Mata en El Poeta Eléctrico. También se proyectará el corto de El Miedo. Para terminar la noche pinchada de rock'n'roll a cargo de Manolo Leal y un servidor.

El jueves 27, presentación en el Foro, en Madrid, a cargo de Luis Auserón y Lou Garx. Estaremos en la librería Arrebato de Malasaña. Recordaremos las escapadas a la capital de mediados de los 80. Buenas visitas al King Creole y la Vía Láctea. Solo el último sobrevive.

Os dejo la entrevista de Joaquín Carbonell para El Periódico de Aragón.

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/aragon/alfredo-benedi-ese-panorama-otro-lado-de-ley-es-muy-atractivo-_847655.html

15 de mayo de 2013

DYNAMOS: LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN

Aragón es una tierra de espaldas contraídas por el frío en invierno, de figuras encorvadas que luchan contra el cierzo y rostros escondidos tras cuellos de abrigos subidos más allá de la boca. Aragón es un verano de pasos desganados en busca de sombras que no existen, de bochorno que no refresca la noche y de siestas pasadas por el agua del sudor. Desde fuera a las gentes de Aragón las definen de trato fácil, incluso hospitalarias. Los de fuera no adivinan las distancias de nada que hay entre cada pueblo de Aragón. Los silencios que se prolongan durante kilómetros de aridez y sequedad. 
 
Zaragoza es un poco todos esos pueblos de Aragón juntos en una urbe de arquitectura funcional, gris y setentera. La gente que vive en Zaragoza es discreta y suele guiar sus pasos pensando en el qué dirán y en el cómo no llegar a ser ni más ni menos que nadie. 
 
Zaragoza siempre ha tenido gente que le ha sacado brillo a ese paletismo militante. En los ochenta hubo bares como el Inter, la Metro, Paradys y luego En Bruto que cambiaron hábitos y conductas establecidas por otros bares que impusieron la moda del vaso de tubo y el baile fácil. Los tipos que pasaban las noches en aquéllos bares, los primeros, vivieron algo que no se vivió en ciudades incluso más grandes. De allí salieron grupos, muchos grupos, que fueron la cantera musical de la ciudad durante mucho tiempo. De Golden Zippers, luego Mas Birras, hasta Héroes del Silencio. Por allí gambeaban Manolo, Gonzzo y Paco. Luego, un poco más tarde, se les unió un niño de nombre Cuti que siempre dijo que quería vivir de la música.
Cuando escribo, intento huir de Zaragoza buscando espacios lejanos que me hayan hecho sentir bien.

Desgranando la trama de Estúpidos y Felices me derrotó un sentimiento de culpa por no dedicar un mínimo espacio a mi ciudad. A mi tierra. Cuando un personaje de la novela, el subinspector Domínguez, viaja de Barcelona a Estella busco el oportunismo y le hago pasar una noche toledana en Zaragoza. En el 2008. Tiene que cenar. En El Tubo, claro, me dije. Por supuesto, El Limpia. ¿Y luego, qué? Un concierto. Un concierto de rock'n'roll. La ducha de la mañana siguiente me dio el nombre: Dynamos. El reencuentro. Un deseo de muchos y de ellos, los Dynamos, no cumplido.

Todavía no sé si la gente de Zaragoza que se propone sacar los pies del tiesto o la cabeza del agua, osea triunfar, no lo consigue por una cuestión de indiferencia foránea o por una envidia local acomodada desde los tiempos de los tiempos. Ese no ser menos que nadie, pero que tampoco nadie sea más que yo. Ese quítame un ojo para que a mi vecino le quites dos, si es que se va a llevar el doble que yo. Los Dynamos lo intentaron. Cuti, por su cuenta, lo ha intentado. Han recorrido carreteras, dormido en moteles, pisado escenarios de media España. En todos reconocidos, en todos felicitados. Excepto raras excepciones, los halagos y las críticas siempre han estado muy por encima de los contratos.

En otra ducha, con la novela terminada, me respondí a una pregunta que todavía no me había hecho. Estos tíos tienen que volver a tocar juntos. Los Dynamos son como cuatro viejos osos panda dispuestos a dejarse querer, aunque tampoco son muy amigos de enternecerse en público. Una cena, muchas copas y el motor comenzó a arrancar. En un momento parecía que se gripaba, más por pasiva que por activa, pero una reunión en el Arena dejó el camino despejado y encarrilado.


Este viernes 17 de mayo se vuelven a reunir para nunca más tocar juntos. Para algunos será como ver el viejo álbum de fotos de una familia desconocida mientras buscan tesoros en un mercadillo callejero. Para otros será recordar unos amigos, una época y una ciudad que nunca se quedarán atrás, porque el viernes, en La Casa del Loco, todos estaremos allí. Recordando nuestros viejos tiempos que son tan buenos como los nuevos. Y los que vendrán y todavía no conocemos.

7 de mayo de 2013

PRESENTACIONES DE ESTÚPIDOS Y FELICES EN MAYO

El subinspector Domínguez tiene un mes de las flores agitado, pero no es nada comparado con lo que le espera en Junio.

De momento, Domínguez y los personajes de Estúpidos y Felices estarán en la Feria del Libro de Calatayud el sábado 11 de mayo de 17:30 a 21:00. En el stand de STI Ediciones.

El  viernes 17 se acercarán por el concierto de Dynamos, más que nada para ver cómo la ficción de la novela se hace realidad en La Casa del Loco. Por cierto, las entradas ya están a la venta.

El viernes 24, Javier Abasalo, escritor de novela negra bilbaíno y colaborador de Calibre .38 y La Balacera, lo presentará en la librería Cámara de Bilbao. A las 20:00.